El soldado encantado

  • El soldado encantado
  • Fecha: 15/06/2016

Hubo una vez un estudiante de Salamanca cuya pasión era viajar. Recorrió cientos de ciudades al son de su guitarra, conociendo culturas y personas diferentes de las que siempre aprendía algo nuevo.

En una de sus expediciones, llegando a la ciudad de Granada, en la víspera de la noche de San Juan, le llamó la atención un soldado que vagaba por la calle, con un aspecto un tanto demacrado, como si la lanza y la armadura que portaba fuera lo único que sostenía su cuerpo.

Cuando el joven estudiante pasó por su lado, no pudo reprimir su curiosidad y se dirigió a él para desvelar su identidad, a lo que este respondió que no era más que un general desdichado al que un alfaquí musulmán maldijo hacía ya 300 años. Su deber consistía en custodiar el tesoro de Boabdil por toda la eternidad, pudiendo descansar tan solo una vez cada 100 años. Un castigo cruel del que casi era imposible escapar.

Al escuchar esta historia, el estudiante sintió una gran compasión hacia el exhausto militar y le ofreció su ayuda para romper el hechizo a cambio de una parte del tesoro. Lo único que hacía falta para ello era una joven cristiana y un cura en ayunas, al que hubo que convencer asegurándole otra cantidad del botín.

Así, aquella misma noche, los cuatro subieron hasta el escondite de la Alhambra donde yacían las riquezas.

 Sonaban ya las campanadas de las doce  cuando llegaron a una torre camuflada entre los bosques del castillo rojo, cuyas paredes de piedra empezaron a abrirse a la orden del soldado dejando al descubierto el codiciado cofre. Todo parecía ir bien, cuando de repente, sin nadie esperárselo,  la incontrolada codicia del párroco hizo que éste se abalanzara sobre el botín, lo que anuló el contra hechizo y condenó por siempre  al pobre soldado sin que nadie pudiera evitarlo.

Siglos después, aún se rumorea que el soldado sale de su torre cada cien años la víspera de San Juan, buscando desesperadamente un alma inocente que lo ayude a salir de su pena.